SOÑANDO CON HADAS |
![]() CUADERNO DE VIAJE DE UNA SOÑADORA
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En el centro de un espeso bosque de eucaliptus se hallaba el hogar del ser más bello y temido de todo el condado. Lo que más le gustaba a la Bella Hechicera era cuidar de su jardín, un espacio rectangular acotado por pomos de menta, hierbabuena y mejorana dispuestos de modo estratégico para mitigar el hedor de su gran tesoro: setenta y siete filas de mandrágoras. Ése y no otro era el lugar donde ella se sentía más cómoda. A pesar de que las hojas eran anchas y muy rugosas, las manos de Jimena se habían acostumbrado a su áspero tacto, así como su nariz ignoraba sus flores malolientes y campaniformes. Todo era perdonable, porque contemplar el florido y particular terreno a la luz de la luna llena era un espectáculo inexplicablemente bello a la par que mágico. Las pequeñas mandrágoras parecían cantar a la luz de la reina de la noche, ofreciendo una serenata única e inaudita sólo apta para los oídos y los ojos que sabían y podían apreciarlo. Cierto día, a la hora que las estrellas palidecen y el sol se despereza, mientras preparaba un ungüento para las agrietadas manos del viejo herrero, se le cayó al suelo el frasco donde guardaba la esencia de jengibre. No quiso dar mucha importancia al incidente, pero no dejó por ello de sentirse inquieta. Todo sucedió tan rápidamente que no tuvo tiempo de reaccionar: el volar ruidoso de las aves, seguido del estruendo de un caballo al galope. Cuando quiso darse cuenta, tenía una daga en el cuello y un salvaje encima, abriéndose paso entre sus ropas y su sorpresa. De vuelta, de un tiempo que además de kilómetros en una compañía más que maravillosa y entrañable, me ha descubierto paisajes llenos de verdes, amarillos, dorados, permitiéndome oír cantar a las ranas, pescar cangrejos y ver millones de estrellas haciendo sentirme una parte ínfima de un universo tan grande como desconocido para esta pobre mortal. De vuelta , a una vida que a veces parece que me han prestado, como cuando alguien te deja un jersey porque te has mojado, pero te viene dos tallas grande y aún así das las gracias porque si no tendrías que ir semidesnuda. De vuelta, a la realidad que me aleja de mi ,sumiéndome en un aborigen de trabajo y prisas que no me llevan más que al cansancio, lo que no está tan mal porque mientras me mantengo ocupada, parece que la soledad y la nostalgia no llaman a mi puerta. Aunque para que engañarme, por lejos que me halle y sin tiempo para nada, ellas me siguen, tan de cerca que puedo notar su aliento en mi nuca. El verdadero amor, no es más que el deseo inevitable de ayudar al otro a que sea quien en verdad es. (Antoine de Saint Exupéry) Me gustó pasear por la arena de tu piel Nunca imaginé que tu cielo tuviese olor y sabor a azufre. |