
En el desierto de hielo solo existen espejismos, aquellos que se fraguan con el deseo que alumbra la calidez.
Allí fue a parar una pequeña semilla de ilusión que se perdió una tarde en un furioso huracán, de esos que solo generan el caos, aunque en esta ocasión sembró la vida en un glaciar.
La pequeña semilla sentía la vida empujando en su interior e intentando enraizarse en una superficie inhóspita y gélida, no quería volverse a dejar arrastrar por el viento.
Su deseo de conquistar aquel centímetro helado hacia que su interior ardiese sin cesar, aquel cálido pedazo de vida, puso tanto empeño que fundió el espacio suficiente para brotar, haciéndolo una mañana de verano.
Asomó sus blancos y curiosos pétalos, convirtiendose en la más bella flor de nieve que jamás pudo verse.
Hay quien dice que la pequeña flor juega con las ráfagas de la irisada aurora boreal, pero tal vez solo sean historias de Inuits contadas a sus niños a la hora de irse a dormir, porque ya se sabe en el desierto de hielo solo existen espejismos.
Evaglauca
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Arual -