BOREAL
La niebla tenía por costumbre anunciar el día, aunque más tarde el sol reclamase su sitio.
El bosque del norte, siempre ha acogido a criaturas que como el astro rey, solían reclamar su lugar y en esa lucha por un trozo de tierra erradicaban de su territorio a cualquier criatura, endeble o enferma.
Boreal, era una excepción, sus ojos eran poseedores de una dulzura opaca. La ceguera lejos de ser una lacra fue considerada como un don, porque aunque fue privado de nacimiento de un sentido los otros cuatro se habían desarrollado cinco veces más.
En los lugares donde la niebla habita, la magia surge en sus leyendas, y la aldea de Boreal no iba a ser menos. Los Gautas tenían tantos héroes como batallas, que cada vez eran más épicas a medida que el aguamiel corría por las venas de aquellos que las contaban.
Le encantaba escuchar las hazañas de sus antepasados alrededor de un buen fuego, con la copa siempre llena, al lado de su completamente fiel y medio lobo Jyl. De tanto escuchar las historias desde niño, Boreal había aprendido a contarlas con más arte que sus antecesores, tal era su pasión explicando hazañas de caza y conquista, que sus relatos sembraban el silencio contenido entre su absorto público.
Una tarde de otoño, en una de sus incursiones en los territorios del Este, un hombre con la mirada poseída por la niebla, llevó a los Gautas a una batalla de la que solo regresaron la mitad, pero aquellos que lograron sobrevivir a aquel infierno, contaron que jamás habían visto a nadie luchar con tanto arrojo.
Las flechas encendidas cayeron sobre la embarcación funeraria del mejor guerrero y narrador de batallas, de un pueblo acostumbrado a perder a sus hijos y amantes de las buenas historias, temerosos de una niebla en la que siempre se esconde algún oscuro misterio.
Evaglauca
Desde que brotó, había vivido siempre en la parte sombría del jardín. Se elevaba con su tallo de un modo tímido y sinuoso hacia el cielo, en busca de esa luz que le daba la vida.
Uno de los escritores de cuentos que más me ha emocionado desde niña es Hans Cristian Andersen, y cuando digo emocionado, me refiero a que con su Soldadito de Plomo, lloraba a moco tendido, o reía como una loca con el Traje nuevo del emperador, con su Sirenita mi imaginación se desbocaba , y con La princesa y el guisante me di cuenta de que yo no había nacido ni quería ser princesa, pero tengo que confesar que mi favorito era el Patito feo, ese cuento que leí y releí tantas veces de niña, en algún momento del relato decía;