Tenía pocos años cuando descubrió que nunca se puede alcanzar el horizonte. Le costó una carrera muy pero que muy larga, y al final acabo rindiéndose a la evidencia, aunque no conforme con esa primera derrota, decidió que se haría pirata, se enrolaría en un barco y cantaría aquello de “ron, ron, ron y una botella de ron…..” aunque al principio le daba un poco de miedo el mundo de la piratería , puesto que por toda referencia tenía todo lo que brotaba de las páginas del libro de la Isla del Tesoro. Enseguida le pudo la curiosidad, y se lanzo a surcar con su imaginación los siete mares…La marea del tiempo le hizo olvidar sus mapas del tesoro, garfios, parches, catalejos, y los sustituyó por otros proyectos tierra adentro, aunque siempre guardó un poco de brisa en sus bolsillos.
Fue años más tarde, cuando en un improvisado mar de sabanas azules, y ante unos ojos infantiles atónitos, en medio de una batalla entre Armand el Terrible, y Mamá la Corsaria , la brisa se escapó de su bolsillo para recordarle que aún tenía alma de pirata.
Veintitrés de abril, uno de sus días favoritos, porque la ciudad se llenaba de dos de las cosas que más le gustaban en este mundo, libros y flores, además eso le confería al gris habitual del asfalto unos colores diferentes, engalanándolo por un día como a una princesa a la que San Jordi , rescataba del temible dragón del tedio gris.
No podía apenas disimular la ilusión, de compartir por primera vez un día tan especial, estaba convencida de que el destino se había aliado con la realidad para pintar un día que ya nadie podría arrebatarle.
Era una noche para dejarse llevar, la delicadeza de la brisa que entraba por la ventana, bailaba de puntillas con las notas arrancadas a un piano, que parecía destilar una melancolía tan densa que hubiese podido estremecer al corazón más helado.
Con la mirada perdida en un atardecer, donde los besos se vestían de susurros para jugar con el destino, sus dedos huérfanos, ahora, buscaban en cada tecla las caricias que el tiempo le había arrebatado. La luna testigo mudo de tantos amores, lo observaba con cierto recelo, llevaba una eternidad siendo el fondo de un tapiz formado de felicidades sublimes y aterradoras tristezas, la luna protagonista de canciones y poemas, esa luna llena que hoy se había vestido de rojo, como preludio final de aquella pieza, que cada vez sonaba más triste, más tensa.
Era una noche para dejarse llevar por todo menos por la tristeza, la bruma que entraba por la ventana, cubría con su manto gris la melodía muda de un piano, al que ya no acariciaría más las manos que ahora yacían a su lado, frías y muertas.
Sé que sabes que te quiero, pero a veces se me olvida decírtelo, agradecerte lo mucho que has hecho y haces por mí, los desvelos, los sueños que aparcaste en un cajón para darle alas a los míos, la infinita paciencia que derrochas, y la sabiduría que habita dentro de tu alma.
Gracias por ser parte de mis principios, y ayudarme con mis finales, gracias por la labor que haces con tus nietos que te admiran tanto como yo, estoy segura que parte de ti estará siempre en los hombres que llegaran a ser, como está en la mujer que estoy intentando forjar.
Desde pequeña miraba al cielo, eso le había costado más de un traspiés, a veces jugaba a ver formas en las nubes, le habían dicho que si era buena iría a parar allí, así siempre imaginaba como sería su casa de viento y algodón, con su jardín de arboles de estrellas, senderos interplanetarios y lagos de cometas.
Aunque el tiempo había pasado, su fascinación por el cosmos no se había diluido, hoy sin ir más lejos al mirar al cielo a descubierto a Venus y Júpiter bailando, lo hacían más juntos que de costumbre, como saboreando cada milímetro de firmamento que los acercaba en una danza sensual, cálida y tierna, envueltos por la melancolía de saber que pasarían veinticuatro años hasta el próximo vals.
El universo había movido de forma imprevista su manto de estrellas, indicio que asustó a los sacerdotes que buscando una respuesta inventaron una leyenda.
Su madre, una esclava que en principio había sido comprada para el sexo, se había convertido en una de las mejores bailarinas del harén. Sabía que no podría cuidar a su pequeña flor del desierto, lo que no imaginaba era que Sayed, el sumo sacerdote, se la arrebataría antes de que pudiese siquiera tocarla. Él mejor que nadie sabía quien era el padre.
Se crió en el templo de Hathor, fue instruida en danza, astronomía y astrología, puesto que Sayed mantenía que era la elegida para bailar con los astros. Nut, que así fue llamada la pequeña mostró siempre gran interés por todo lo relativo al universo, miraba embelesada la noche salpicada de luces. A pesar de que nunca le faltó lo básico, su condición de elegida tenía un precio, y este era el de ser inalcanzable, nadie podía tocarla jamás, Sayed había dejado bien claro que quien lo hiciese acabaría sin escapatoria en las fauces de Sobek.
El paso de los años convirtieron a la pequeña Nut, un ser excepcional, dotada de un talento natural para la danza y las predicciones astrológicas, en el templo la llamaban la danzarina de las estrellas, pues parecía bailar entre ellas.
Todo estaba preparado para los festejos de la Diosa y Nut iba a ser el plato fuerte. La música, el aroma a primavera, lotos en flor, todo invitaba a soñar incluso la evolución de la danza ejecutada de un modo sinuoso y sutil fluía en el ambiente creando un espejismo, en el que todos caían rendidos víctimas del hipnótico ritual. Un escalofrío recorrió el cuerpo de la bailarina cuando sus ojos se cruzaron con los del futuro faraón, no le hicieron falta los astros para saber que su destino acababa de dar un giro y que ninguna leyenda ni prohibición iban a mantener alejado al dueño de aquella mirada.
Salió fuera del recinto, necesitaba tomar aire, con la mirada clavada en el firmamento imploró a su Diosa una respuesta. Empezó a bailar descalza sobre la cálida arena, se sumergió en una especie de trance buscando una señal, todo daba vueltas y vueltas hasta que una mano sobre su hombro la paró haciéndola girar y sosteniéndole la mirada le dijo, aquí acaba la leyenda y empieza tu vida. Ella no quiso contrariarle, así que lo tomó de la mano…desaparecieron en una danza infinita dos cuerpos celestes iluminando las dunas y reflejándose en el Nilo.
Hacia días que notaba una extraña sensación, en la zona donde brotaban sus sueños, al principio no le presto atención, en esa zona las sensaciones siempre son intensas y difíciles de interpretar.
Y él sonrió, de ese modo diáfano y dulce, y lo supo como se saben las cosas importantes, fue cuando se dio cuenta , aquella sonrisa le otorgaba raíces a sus alas, para que crecieran sanas y fuertes y al desplegarse pudiesen aletear sin miedo a romperse.
Y él la besó, de ese modo suave e intenso, y lo supo de pronto como cuando se encuentran las notas que faltan para completar la sinfonía perfecta .
Solo unas palabras, y una explosión de color le otorgaron al momento los matices, necesarios para componer el atardecer perfecto a una mariposa efímera, era su primero, su último y su único y eterno día perfecto puesto que no tenia otro.
Hacía tiempo que no hablaba, su enfermedad le había ido robando poco a poco los recuerdos, las facultades y la vida. Al principio logró disimular las lagunas de memoria, su orgullo no le permitía aceptar lo que después fue irremediable. En los últimos meses estaba en casa de Magdalena la pequeña de sus hijas. Esta sentía devoción por su madre, y aunque ahora no podían comunicarse, estaba segura de que notaba todo el cariño que se le ofrecía. Toda la familia se hacía cargo de la yaya de un modo u otro, los pequeños Carla y su gemelo Andrés correteaban siempre a su alrededor y le representaban historias que ellos mismos habían creado para la ocasión. Teresa era un público callado pero muy observador, y aunque no aplaudiese a veces parecía sonreír ante las extravagantes comedias de sus nietos, que siempre conseguían unos disfraces y complementos, de lo más originales, como pendientes hechos con cerezas, improvisadas espadas ninjas de tubos de papel de plata y un sinfín de attrezzo que hacían del comedor un universo mágico. Una fría mañana de febrero al corazón de Teresa se le olvidó latir, y así fue como los pequeños se quedaron sin su público más querido. Hoy doce años después, el teatro estalla en una gran ovación y Carla siente una mezcla de satisfacción y nostalgia porque en medio de todo ese público que aplaude siempre faltará, la sonrisa distraída de su abuela.
Desde niña miraba al cielo, de día disfrazaba a las nubes, de noche soñaba con bailar descalza en la luna, o acariciar las estrellas con las yemas de los dedos. Julio Verne la llevó de la Tierra a la Luna y Saint Exupèry le regaló un pequeño príncipe con el que recorrer las estrellas entre líneas de magia y poesía . El tiempo se llevó su infancia , pero su alma sigue soñando con acariciar las estrellas ,bailar notando en la plantas de sus pies la piel de la luna,y a veces solo a veces cierra los ojos y envuelta en música puede sentir como se hacen realidad sus sueños.
En primer lugar me gustaría agradeceros todo lo que me dejasteis el año pasado ya que no he tenido que ir a visitar al médico, ni por los peques ni por mí ,además las risas han sido la banda sonora más de un día y de dos…. Todavía conservo ese saquito de esperanza, al que recurro cuando el gris gana la partida, y he podido disfrutar de esos atardeceres rojos que tanta energía me aportan.
Para este año, si no es mucho abusar de mi suerte y vuestra benevolencia, querría pediros unas cuantas cosas;
No me iría mal una cajita de imaginación para poder hacer frente al día a día.
Una paleta de colores vivos y alegres, para dibujar días multicolores para todos aquellos a que amo.
Una sinfonía de sonrisas, risas y carcajadas compartidas, con los peques y los que no lo son tanto.
Y si,ya sé que os lo pido cada año pero no puedo pasar sin ellos, más atardeceres rojos, naranjas y hasta rosas, de esos que hacen que broten sueños del fondo de mi alma.
En fin no quiero alargarme más, porque tendréis muchas cartas que leer y muchos regalos que repartir. Recordaros que los zapatos están en el balcón, os dejaré un poquito de turrón y algo de licor porque parece que va a ser una noche fría.
Recibid todo mi afecto y cariño más sincero y un gran abrazo para Melchor, Gaspar , Baltasar y todo vuestro séquito.
De pronto una música de otro tiempo se coló por la ventana, se acercaba la Navidad y por primera vez habían decidido hacer una feria de artesanía con tintes de edad media.
Jabones hechos a mano, perfumes artesanos, juguetes de madera, panes, pastas, bisutería, hasta un tío vivo con caballitos de madera que giraban con ayuda de un feriante disfrazado de juglar.
Pero la música…. ¿cuánta magia puede condensar una nota de música?, desconocía la respuesta, pero se limitó a cerrar los ojos y dejarse llevar hacía el Medievo, donde el concepto prisa aún tenía que inventarse, donde las miradas tenían el valor de poner un corazón al galope, y un esbozo de sonrisa, llenar de secreto júbilo a quien la recibía.
Al terminar la melodía sonrió con cierta nostalgia, puede que en aquellos tiempos no hubiese prisas, pero había vasallaje, siervos, derechos de pernada……. Lo bueno que tiene una melodía es que dura el tiempo suficiente para que los sueños no se tornen pesadillas.
Hace tanto tiempo que no te escribo, menos mal que en Nunca Jamás el tiempo lleva otro ritmo, y para ti seguramente habrá sido un santiamén.
Hoy ha venido a mi mente la primera vez que te me tomaste de la mano y me enseñaste a volar, desde ese momento siempre he guardado la esencia de ese instante, para escapar cuando las circunstancias son demasiado tristes.
Reconozco que me he arrepentido alguna vez , de haber dejado Nunca Jamás por el Aquí y Ahora, pero decidí y tengo que asumir las consecuencias, he aprendido a reconocer a niños perdidos, a piratas, sirenas, e indios y todos ellos forman parte de mi círculo más cercano, todos ellos aprendieron a volar contigo, o en las páginas de tus aventuras.
Dejo esta carta en el hueco del viejo sauce como de costumbre, con una bellota y unos cuentos de aventuras en alta mar para que se las expliques a los chicos, también he dejado un pedacito de terciopelo para campanilla, se que le gusta su tacto.
Debo despedirme una vez más con un hasta pronto, espero recibir noticias de todos vosotros.
Hoy ha amanecido, con un día de esos que tienen banda sonora própia, la poesía a parte de escribirse puede escucharse, y Ludovico Enaudi sabe destilar en las notas de un piano la esencia de la belleza.
La luna llena bailaba en el firmamento, esa noche estaba especialmente bella, en el centro de un halo de luz que le daba una apariencia sobrenatural y mágica. Ella no entendía de cristales helados en las nubes, ni fenómenos atmosféricos que eran los que provocaban ese espectáculo tan sublime, ella prefería creer que era un regalo del destino para sellar una velada, donde hasta el universo había conspirado para que fuese perfecta.
Que el mundo era raro lo sabía desde que tenía uso de razón, y lo sigue pensando la única diferencia es que ahora aprecia las cosas que se salen de lo común.
Hoy es uno de esos días regalo, hacia demasiado tiempo que no se regalaba uno, así que ha empezado disfrutando del calor del agua resbalando por su piel, del olor de la crema hidratante cuando se mezcla con la piel limpia, del perfume repartido por muñecas, y cuello.
No solo el ritual del aseo lo ha convertido en un pequeño premio a toda la semana de prisas, agobios, deberes, reglas y compromisos, el desayuno también tenía su extra, en forma de chocolate. Mientras sentía como se fundía en su paladar provocando esa pequeña explosión de sensaciones dulces, recordó con una sonrisa todo lo que se dice de él.
Sabía que era el día idóneo, porque la reunión quincenal, era una excusa para compartir letras, proyectos, sonrisas y sueños. Además nada le complacía más, que ver como la pasión por lo que se hace, dibuja en el rostro la ilusión de la niñez más diáfana y pura, ignorando la edad del que la siente.
Hoy es uno de esos días regalo, y ha decidido que no sea algo extraordinario.
La tierra se interponía entre el sol y una rotunda luna llena, tal vez esa era la causa por la que el corazón dellobo andaba de sacudida en sacudida, o quizás era que el final del otoño anunciaba la entrada inminente de la estación donde el celo se apoderaba de todos los reyes de los bosques.
Ella había nacido con la maldición de las mujeres de su estirpe corriendo por sus venas.La fama de su belleza, era más una condena que una bendición. Su padre la mantenía lejos de las miradas indiscretas hasta que llegase a una edad prudente para desposarla y así librarse de una hija, que le recordaba demasiado la mirada gris glacial de una mujer a la que odiaba, por haberlo dejado solo en aquel lugar con el corazón roto.
El torbellino de fuego que quemaba sus entrañas, era mucho más fuerte que cualquier otro sentido, así que empezó a correr hacia el horizonte, parecía que sus patas sabían el camino, corrió hasta quedar sin aliento, paró en un claro del bosque y empezó a ulular.
Los aullidos resonaron en toda la aldea, dejando desierto hasta el último callejón.
Ella contemplaba el eclipse absorta, ajena a todo, los aullidos le parecieron un dulce reclamo en la noche más extraordinaria que jamás había visto. De pronto todo cobró forma. Cogió su capa, dejando atrás la aldea y adentrándose en un bosque que parecía haberla estado esperando una eternidad.
La tierra había dejado de hacer sombra a la luna , creando la ilusión de una aurora boreal, lo quea ella le pareció mágico. Cuando llegó al claro del bosque de donde procedían los aullidos, pudo ver al lobo, adivinando en el fondo de aquellos ojos grises glaciales que ya estaba en casa.